El viernes 15 de marzo, como otros jóvenes de muchos países, os
habéis manifestado por toda España por el medioambiente y contra el
Cambio Climático
. Os han contado que el comportamiento de
los humanos desde la Revolución Industrial ha dañado al planeta, que
estamos contaminando de manera irreversible el medioambiente, y que
estamos modificando (a peor) el clima.
Las dos primeras afirmaciones son fácilmente desmontables: por primera vez en la Historia de la Humanidad somos plenamente conscientes de nuestro impacto en el entorno, somos capaces de medirlo con una exactitud impensable hace tan solo unas décadas, y finalmente reducirlo al máximo posible cuando no es posible hacerlo del todo. Hay millones de ojos que vigilan para que esto sea así, es una salvaguarda que funciona de oficio desde hace décadas (no antes).
De hecho por primera vez en la historia del planeta existe una especie capaz de prevenir, o tal vez incluso detener, algunas de las catástrofes más letales que sabemos ya han producido extinciones masivas anteriormente, como por ejemplo la caída de un meteorito, o tratar pandemias que han diezmado poblaciones enteras de seres vivos, humanos o no.
Y esa especie, amigos, somos nosotros. O mejor todavía, sois vosotros y vuestros hijos y nietos que previsiblemente seréis los que vais a liderar este siglo, y conseguir que esa tendencia a mejorar sea irreversible.
Respecto a la tercera afirmación, el llamado
Cambio Climático
, se trata de un asunto un poco más
delicado porque requiere cierta información previa antes de tomar
partido. Y esto ocurre sobre todo por dos circunstancias en principio
inconexas, pero que hay que tener muy en cuenta para acercarse
racionalmente a la discusión, a saber:
Cuando un tema puramente científico transciende el ámbito académico y se mezcla con el debate político, se produce una distorsión que desorienta al público, que es bombardeado con información inconexa y sesgada, cuando no inexacta o directamente falsa.
A continuación se plantea en un enfoque no técnico y relativamente neutral, los puntos esenciales para tener una opinión informada.
La primera acepción del término Ciencia en el diccionario de la RAE es la siguiente:
Conjunto de conocimientos obtenidos mediante la observación y el razonamiento, sistemáticamente estructurados y de los que se deducen principios y leyes generales con capacidad predictiva y comprobables experimentalmente.
La cuarta acepción se refiere más específicamente al ámbito del que hablamos:
Conjunto de conocimientos relativos a las ciencias exactas, físicas, químicas y naturales.
Y si se me permite la licencia, creo que una buena síntesis de ambas definiciones podría ser:
Ciencia es el corpus de conocimiento basado en la observación y el razonamiento, que produce principios y leyes capaces de predecir y explicar el comportamiento de la Naturaleza en sus ámbitos de aplicación.
Es importante distinguir entre éste concepto de Ciencia, aplicable específicamente a las Ciencias Naturales, y la ciencia como actividad humana, que incluye entre otras cosas:
En los últimos años cuando hablamos de cambio climático
no nos referimos a un área específica de la Climatología que estudia
cómo y por qué cambia el clima terrestre, nos referimos solapadamente a
una ensalada de hipótesis, asunciones, atribuciones y profecías que se
presentan ante los ciudadanos como un corpus de conocimiento
cerrado, sin fisuras y por tanto no susceptible de discusión, que
se podría resumir básicamente en que
las actividades humanas derivadas de la industrialización están variando el clima del planeta, y que las proyecciones sobre el futuro son catastróficas, o en el extremo, apocalípticas.
Ante una perspectiva tan funesta, cualquier persona tiene que preguntarse si tal escenario es realmente posible. Y para ello no queda más remedio que acercarse a la disciplina que se encarga de estos temas, es decir, la Climatología. Al ser una disciplina científica, además de lás más áridas por sus altas dosis de matemáticas y física, es una tarea que puede resultar intimidante para la mayoría de los ciudadanos, y de hecho lo es.
Sin embargo estoy convencido de que cualquier persona curiosa, sin
necesidad de conocer los detalles técnicos, las ecuaciones, los métodos,
etc… si le dedica unas pocas (pero) atentas horas al
Cambio Climático
, puede obtener una más que razonable
perspectiva general, y por tanto llegar a una opinión suficientemente
informada.
Veamos algunos puntos importantes.
La Climatología es la rama específica de la ciencia que estudia el clima, pero no lo hace de manera aislada, por su propia naturaleza requiere el apoyo de muchos otros campos científicos. En sus fundamentos están distintas áreas de física fundamental y aplicada (astronomía y astrofísica, geofísica -física de la atmósfera y oceanografía física sobre todo, meteorología, física atómica y molecular, termodinámica, dinámica de fluidos, radiación…); geociencias (las principales ramas de la geología quizá con mención especial a la paleontología, la estratigrafía y la glaciología; planetología, oceanografía, hidrografía, geografía física…), química y biología (geoquímica, bioquímica, biogeografía, ecología…); matemáticas (métodos estadísticos, cálculo numérico, modelización…); ingeniería (desde el diseño y construcción de satélites y observatorios, hasta la ingeniería de software y Big Data), e incluso en cierto modo, algunas ciencias sociales como la historia, la economía o la antropología.
Por tanto hay que desconfiar cuando alguien se declara experto en clima, especialmente si hace predicciones campanudas, entonces lo más probable es que sea un político o un periodista. Un científico experto será especialista en un área determinada, con un conocimiento preciso de algunas áreas contiguas y a lo sumo razonable del resto del campo. Además en general jamás disimulará éste hecho, al contrario, lo subrayará desde el principio. Si su discurso no está lleno de condicionales, subjuntivos y adversativos, malo, desconfía.
Por un lado se estudia el clima presente, o mejor dicho, los diferentes climas que conocemos en la Tierra (polares, áridos, desérticos, etc… ), y por otro lado se estudia el clima en un contexto geológico y/o planetario. Por un lado se investiga las condiciones reinantes durante una determinada época, y por otro se analizan los mecanismos que producen los cambios, sean regionales o globales, y por tanto sus causas. Eso obliga a extraer conclusiones de periodos de tiempo que en general transcienden el alcance humano, a veces hablamos del clima en cortos lapsos de tiempo (años, décadas o siglos) pero en general encontraremos que nos hablan de periodos de miles, centenares o millones de años. Hay que tener muy en cuenta además que la calidad de los datos y su resolución disminuye drásticamente según nos alejamos del presente.
Esto implica que para probar hipótesis (por ejemplo que las actividades humanas podrían causar o estar causando ya un calentamiento peligroso) se necesiten décadas de recolección y análisis de datos para poder extraer conclusiones certeras primero, y predicciones fiables después de que nuestros modelos sean testados, es decir, una vez hayan sido validados por la propia Naturaleza.
Como pasa con otras ciencias en las que el acceso a la experimentación está restringido o es directamente inaccesible (piensa en la astronomía, la geología, o las ciencias sociales), toda la información a la que podemos acceder es mediante la observación del presente y el análisis de la información de la que disponemos del pasado. Tenemos datos fiables de las últimas décadas, relativamente buenos de los últimos siglos, aceptablemente fiables desde la última glaciación (durante el Holoceno), y cada vez más discutibles en cuanto a precisión (en cualquier variable dada, sea la temperatura global, el pH oceánico o las precipitaciones, por ejemplo) y a resolución temporal (que puede oscilar incluso millones de años antes o después de un momento dado).
Hay que tener en cuenta que la información que recolectamos es siempre indirecta, las dataciones no son igual de precisas dependiendo de la variable a medir, las diferentes metodologías tienen un carácter local que implica un proceso extra para inferir el valor de las variables globales, y el tratamiento matemático de las incertidumbres está lejos de ser trivial o proporcionar valores fiables. Esto lleva a que sea habitual que diferentes autores lleguen a resultados distintos incluso con los mismos datos, o que sustanciales cambios se produzcan tras reanálisis por otros autores o equipos, algo que a su vez abre puertas a diferentes interpretaciones posibles.
Los científicos han aprendido mucho durante los últimos siglos, son muy hábiles a la hora de evitar el autoengaño, y lo primero que analizan siempre son las limitaciones de sus modelos y las lagunas conceptuales o prácticas de sus estudios. Así que de nuevo, cuando alguien disimule las incertidumbres y los puntos flacos de su teoría, o de sus conclusiones, o de sus predicciones, desconfía automáticamente.
Estamos lejos de ser capaces de modelar un sistema como el del clima terrestre con el suficiente grado de fiabilidad como para producir predicciones razonablemente precisas. Hay fenómenos climatológicos que sabemos fehacientemente que se producen con una cierta periodicidad, incluso a la escala humana (por ejemplo fenómenos como el Niño y la Niña -ENSO- cada pocos años, o la Oscilación del Pacífico Norte -PDO- cada pocas décadas), pero estamos lejos de tener certeza sobre los mecanismos que los determinan, y por tanto de predecirlos.
Y la cosa empeora a largo plazo (miles o decenas de años, millones de años…). Por ejemplo se sabe que padeceremos otra glaciación, incluso hay diferentes líneas de evidencia que apuntan a que estas edades de hielo están relacionadas con variaciones en la órbita de la Tierra (ciclos de Milanković), que producen cambios en la cantidad de energía que nos llega del sol. Sin embargo, de ahí a predecirlas hay un trecho, y a comprobar nuestra predicción dentro de 1000, 10000 0 50000 años, otro, éste además insalvable.
Pero no me mal entendáis, muchas otras ciencias son bien dignas sin hacer predicciones, o haciendo pronósticos poco precisos, o especulativos, o incluso fallando miserablemente. Les pasa a todas las Ciencias Sociales, y les pasa y les ha pasado a muchas áreas de la biología, la geología, la química o incluso de la física. No poder hacer predicciones no elimina la validez de una ciencia. Simular que las predicciones son fiables sí. Y eso está menos relacionado con la Ciencia y más relacionado con la contaminación política de la que hablaremos en el siguiente punto.
Por tanto las críticas a algunas posiciones del debate no significan
en modo alguno una crítica general a la Climatología, ni
siquiera una deslegitimación del estudio del
Cambio Climático
. Es más, habría que añadir que gracias al
inmenso desarrollo tecnológico realizado durante el último siglo,
especialmente gracias a la teledetección y a la enorme (y sin embargo
creciente) capacidad de cálculo de nuestros ordenadores, añadido al gran
número de entidades que se han especializado en analizar este tipo de
información, no es exagerado pensar que en las próximas décadas podamos
alcanzar conclusiones mucho más sólidas que las que tenemos ahora, y
quizás, con el tiempo, incluso podríamos ser capaces de predecir y
parcialmente controlar el clima terrestre.
Desde tiempos de Platón, sabemos que la política es una noble actividad humana que es inevitable debido a que el ser humano es un ser social por naturaleza, lo cual lleva al surgimiento de comunidades de individuos, aldeas, ciudades, estados… Aunque compartimos un origen y un destino común, y unos planteamientos morales similares que podrían quedar sintetizados en el Derecho Natural, somos lo suficientemente heterogéneos como para tener diferentes sensibilidades para diferentes problemas, más allá de las diversas culturas, generaciones y filosofías que compartimos el planeta en un momento dado. Podríamos entonces considerar que la política es el arte de armonizar esta realidad promoviendo la convivencia entre ciudadanos y garantizando en lo posible el buen gobierno de sus líderes.
Desde un punto de vista más prosaico, debemos considerar también que la política es el oficio de alcanzar y mantener el poder, controlar los recursos y dirigir la economía. Estas actividades no siempre son transparentes, nobles o justas, y la ideología es frecuentemente más una coartada que una motivación real, y desde luego una herramienta de control de masas que socava nuestra libertad.
La Ciencia debería ser inmune a las intrigas políticas, y lo es de hecho en la definición a la que me refería al principio, es decir, la Ciencia considerada como corpus de conocimiento. Por tanto podríamos decir que la Climatología está a salvo de la política, sigue su camino, sus métodos, y continua observando la naturaleza, analizando datos, buscando patrones y estableciendo mecanismos que expliquen de la manera más precisa posible el funcionamiento del clima de la Tierra. Es un trabajo minucioso, altamente especializado, puramente científico y, en esencia, desligado de las interferencias políticas y sociales.
Otra cosa es el Cambio Climático
. Si como propongo,
consideramos que en realidad se trata de la vertiente política de la
Ciencia del Clima, es inmediato entender por qué conceptos
totalmente ajenos al método científico como son el
consenso o la retórica, o prácticas tan incompatibles con
la ciencia como son la manipulación o la propaganda,
aparecen continuamente en el debate público y en los medios de
comunicación.
Y esto no es un simple detalle, es un cambio radical en la arena del debate, la ciencia deja de ser ciencia y se transforma en una simple herramienta política más. Cuando esto es asumido, en definitiva, cuando sacrificamos el rigor argumental (regido casi exclusivamente por la lógica y por el método científico de las Ciencias Naturales), nos alejamos del terreno puramente técnico, pero paradójicamente se abre a su vez la puerta a que el ciudadano común pueda (tenga derecho a) y deba (dado que tiene capacidad para) posicionarse en base a razonamientos más mundanos como son el sentido común, la intuición, o la calidad moral de las propuestas y los métodos de las partes.
Si buscas en cualquier diccionario filosófico encontrarás que el sentido común se puede definir por ejemplo como:
Conjunto de ideas, hábitos y formas de pensar que el hombre ha elaborado en su actividad práctica cotidiana.
Aunque los científicos no son ajenos a esta componente del pensamiento, de hecho suelen hacer buen uso del sentido común en sus tareas investigadoras, la Ciencia es perfectamente independiente de él, y la Naturaleza nos ha enseñado en múltiples ocasiones que ignora absolutamente los paradigmas humanos, que tiene su propia forma de funcionamiento, en ocasiones extraordinariamente intrincada y contraintuitiva, y que al final es Ella la que tiene la última palabra.
Pero tampoco podemos esperar a que la Ciencia tenga una respuesta precisa y diáfana de la realidad, o que esta sea accesible para los legos. A menudo tenemos que tomar decisiones sin información suficiente, sin conocimiento de los detalles técnicos, entonces configuramos nuestra forma de pensar en los parámetros que nos dicta nuestra experiencia, la lógica, y si, también “el sentido común”.
A continuación vienen unas pocas preguntas que se enmarcan en esa línea de razonamiento.
Cuando se critican los efectos perniciosos de la revolución industrial del siglo XVIII, y más solapadamente los de la revolución tecnológica del siglo XX, ¿por qué se omiten impunemente las impresionantes ventajas que nos han traído? No es posible hacer un balance equitativo si la balanza no tiene dos brazos, uno para los inconvenientes, y otro para ventajas innegables como estas:
La contaminación es el principal peaje que pagamos por nuestro modelo de sociedad. Hace décadas que sabemos que la actitud más inteligente es vigilar, controlar, procesar, reciclar y minimizar nuestros deshechos. Y eso hacemos.
Cuando se incluyen las emisiones humanas de CO2
como
contaminantes, se está asumiendo que la hipótesis de que el
calentamiento provocado por estas (muy difícil de medir, si es que se
puede medir) es apocalíptico. Y a la vez se está ocultando:
Que el CO2
antrópico es un pequeño porcentaje del
CO2
“natural”, que a su vez es un pequeño
porcentaje de los gases de efecto invernadero, que son un
pequeño porcentaje de la composición de la atmósfera, la cual
es una parte fundamental pero no única del sistema climático
terrestre.
El CO2
es un gas esencial para muchos de los
organismos con los que compartimos el planeta, y es especialmente
beneficioso para el mundo vegetal. La concentración en la
atmósfera de este gas está alrededor de 400 ppm
(250-350 ppm
al aire libre), más cerca del mínimo necesario
para que respiren (y por lo tanto existan) las plantas (~
150 ppm
), que de la concentración habitual en una cafetería
(~ 1000 ppm
), por no hablar de concentraciones que
podríamos considerar tóxicas (a partir de
70000 ppm
).
La concentración de CO2
en la atmósfera está mucho
más cerca pues del mínimo necesario para la vida que de valores que
pudiéramos considerar peligrosos. Y muy lejos también de los máximos
alcanzados a lo largo de la historia del planeta, singularmente los
valores que hubo en momentos claves para el desarrollo de la vida como
fue la explosión cámbrica hace 540 millones de años.
Por tanto, hay que insistir porque esto pasa siempre desapercibido en los medios:
cuando se considera alegremente al
CO2
como un contaminante más porque produce un efecto dramático en el clima terrestre, del que en realidad no hay indicios conocidos, se está otorgando a la narrativa delCambio Climático
una fiabilidad de la que carece científicamente, y que no es más que un espejismo político totalmente desconectado de la propia Ciencia.
¿Qué quieren, hacer negocios en un mundo arrasado y sin vida? No, amigos, excepto en la ficción, no hay villanos que quieran destruir el mundo. Bien, puede haberlos, pero es muy difícil que obtengan un nivel de poder que les permita salirse con la suya. Con esos planteamientos es más fácil que terminen en un psiquiátrico o en una cárcel, su producto no se puede comercializar. Literalmente, a nadie en su sano juicio le interesa arrasar el planeta en el que vive.
Si estuviéramos ante una emergencia real, patente y relativamente inmediata (por ejemplo la previsión de la caída de un meteorito antes de acabar el siglo), lo más probable es que se diluyeran casi todos los problemas geopolíticos del mundo, y los humanos trabajaran coordinadamente para superar tal crisis. No se me ocurre un escenario diferente.
En el debate político, mucho menos o nada en el científico, la retórica es una herramienta clave para transmitir mensajes, o ideologías. La exageración y la falacia son recursos habituales, rompen la consistencia lógica del debate, pero consiguen su objetivo, convencer y conseguir mayorías (consensos) en torno a intereses particulares o colectivos. Mientras que la Ciencia ha conseguido definir implícita o explícitamente unas normas para no caer en este tipo de trampas lógicas, la política se ha especializado justo en lo contrario, en utilizarlas sin complejos para vender sus mensajes.
El debate del Cambio Climático
, como debate político que
es, no es ajeno a esto. A continuación un manojo de falacias ampliamente
utilizadas:
El argumento ad populum (la opinión de “la mayoría”) y la falacia de autoridad (la opinión de “los expertos”) son el pan nuestro de cada día. Es lógico que pase desapercibido en el sentido de que en un tema tan complejo como es el clima de la Tierra, una conjunción de ambas falacias (“la mayoría de los expertos”), configura un argumento sólido y difícil de rebatir. Los punto flacos de tal combinación son que:
La falacia del hombre de paja (esencialmente rebatir lo que no se discute) es especialmente visible cuando se acusa a los críticos del alarmismo de dudar de que el Clima de la Tierra cambia, algo que ninguna persona seria pone en tela de juicio.
El argumento ad-hominem (atacar a la persona que
mantiene el argumento, no al argumento), es especialmente inmoral.
Cuando se acusa a los escépticos del paradigma oficial del
Cambio Climático
de ser negacionistas
, un
epíteto de terribles reminiscencias por el negacionismo del
Holocausto, aparte de ser insultantemente repugnante, se está
transmitiendo al observador la falsa impresión de que solo hay una clase
de escépticos, los negacionistas, y que son además malvados.
Esto desde luego es incierto, hay escépticos de toda condición política
y con diversos grados de escepticismo. Desde especialistas del sector
que han colaborado con el IPCC (el organismo de la ONU que coordina los
estudios oficiales sobre el clima) como Judith Curry o
Richard Lindzen, a pioneros de la teledetección como Fred
Singer, Roy Spencer, o John Christy, a reputadas
figuras de la física del siglo XX como Freeman Dyson,
astronautas como Harrison Schmitt, que es además geólogo, o
Patrick Moore, uno de los fundadores de Greenpeace. Y hay
muchos más, los hay de diversas ideologías y con perfiles técnicos
distintos, y su escepticismo es igualmente heterogéneo: desde los que
asumen que el CO2
antrópico es un problema pero no creen
que las medidas propuestas sean apropiadas o factibles, a los que
entienden que el CO2
es irrelevante frente al resto de
mecanismos conocidos y por conocer del sistema climático
terrestre. Y toda la gama de variaciones entre esos dos polos. Pero
a nada que hagas una búsqueda rápida en Google verás que hay incluso
páginas especialmente dedicadas a desprestigiar a estos científicos,
profesional y humanamente, sin piedad, y sin éxito en mi
opinión.
Para mi es un misterio. Es el gran misterio de mi generación, por qué gente que se ha criado en la era de la información, que se ha salvado por los pelos del terror del siglo XX (incluyendo montones de guerras con mención especial a las dos Guerras Mundiales), que tiene a un click información con la que no podrían contar ni en sueños Aristóteles, Copérnico, Newton, Darwin o Einstein, abrazan ideologías, cosmovisiones y milenarismos no muy distintos de los que debían abundar entre los Neandertales.
No se puede evaluar el presente sin saber de dónde venimos, sin asumir nuestros defectos y reconocer nuestras glorias. Y entre nuestros mayores triunfos como especie, es haber evolucionado en unas pocas decenas de miles de años hacia una sociedad compleja, inteligente, consciente de nuestro papel en el entorno, y con un fascinante mosaico de culturas que conviven razonablemente bien.
Todo ha evolucionado muy despacio hasta hace tres o cuatro siglos, lo que llaman a veces despectivamente la Revolución Industrial es producto de un refinamiento en nuestra manera de pensar, de analizar la realidad, hasta conseguir acceder a la intimidad del funcionamiento de la Naturaleza, y finalmente entender en buena parte nuestro papel en el Universo.
Por supuesto no es un mundo perfecto, hay crímenes, avaricia, odio, demencia, depravación, sectarismo, injusticias, enfermedades, accidentes, es un mundo imperfecto. Pero hay que ser muy obcecado para no reconocer los avances de los últimos siglos, colofón a una amalgama de conocimientos derivados de muy diferentes contextos y culturas, especialmente de los últimos 5000 años. Y no reconocer que esta importante mejora se debe en gran parte a nuestro aprendizaje del uso de las fuentes de energía a nuestra disposición, es una muestra de ceguera que es difícilmente clasificable fuera de la psiquiatría.
Por supuesto los combustibles fósiles contaminan, aunque cada vez menos porque hay mucha gente que se deja las cejas para minimizar los efectos secundarios, pero es necesario recordar las impresionantes ventajas, cómo han mejorado la vida de muchas personas, y cómo son parte esencial precisamente en la búsqueda de fuentes de energías alternativas, renovables y limpias. Pensar que estamos preparados para un mix energético equivalente al que se usaba en el siglo XVII en el siglo XXI, es una estupidez, una quimera, o una broma de mal gusto. Lo que prefieras.
Supongamos que efectivamente llegamos a la conclusión (surrealista)
de que el CO2
antrópico es el único factor que regula el
clima del planeta. Reconozcamos que la mayor parte de las emisiones de
gases invernadero durante el siglo XX provienen de los países
occidentales encabezados por Norteamérica y Europa, y que es
precisamente ese acceso a la energía barata lo que nos ha permitido un
desarrollo y una calidad de vida muy por encima de la media global.
Disimulemos por un momento que tal desarrollo ha sido asimétrico,
especialmente hemisferio norte vs. hemisferio sur, y
que en gran parte ha habido un trasvase desequilibrado de unos países a
otros. Aislemos esas circunstancias del sistema de referencia, y aún
así, preguntémonos:
¿Tenemos la dureza de cara y la autoridad moral suficiente para coartar el crecimiento de países que se encuentran hoy en vía de desarrollo, cuya responsabilidad en las concentraciones actuales de
CO2
son despreciables, y que de ninguna manera se pueden permitir de momento sustituir los carromatos, camiones, centrales térmicas, gasolinas, gasóleos o gas natural por tecnologías mucho más caras e ineficientes?
La respuesta es evidentemente NO. Y por eso países como China o India, que son cerca de la mitad de la población actual del planeta, siguen utilizando, planificando y construyendo centrales termoeléctricas, y lo seguirán haciendo hasta bien entrado el siglo.
¿Realmente alguien cree que las reducciones en “las emisiones” de un país marginal como España significan algo para la temperatura global media de la Tierra? Lo siento, demasiado especulativo, poco sólido y por tanto difícilmente asimilable.
Como escribía al principio, somos la primera especie del planeta que es capaz de prevenir y eventualmente eliminar algunas de las mayores catástrofes que ha sufrido el planeta (o sus huéspedes) a lo largo de la historia geológica. Algunas, pero no todas. Tenemos que entender nuestra insignificancia en términos geológicos (no digamos en tiempos cosmológicos), y que vivimos en un universo y en un planeta en los que el riesgo de hecatombe es pequeño pero no CERO. Por ejemplo:
En cualquiera de los casos anteriores, u otros que no podemos ni pensar ahora, de lo que no hay duda es de que estamos mucho mejor preparados hoy para afrontar cualquier cataclismo, e idealmente evitarlo, que hace tres siglos cuando nuestras emisiones de gases invernadero eran prácticamente cero.
Por eso no hay nada más importante para el planeta, y para todos sus moradores, que los seres humanos sigamos avanzando como especie, sigamos cultivando la Ciencia, y no nos dejemos llevar por dogmatismos e ideologías sectarias o deshumanizadoras, y no caigamos en posiciones maximalistas y extremismos. El planeta será más vulnerable cuanto más vulnerables seamos los seres humanos.
Por tanto queridos jóvenes, ser escéptico respecto al
alarmismo climático y a las soluciones que algunos proponen, es
esféricamente racional, perfectamente moral y fácilmente defendible si
consigues no dejarte amedrentar por las falacias de autoridad (lo dicen
los científicos) que al final es el único argumento que se
maneja en la arena del Cambio Climático
.
Aunque el título indica que es una carta a los estudiantes, la redacción está enfocada para que sirva de introducción para cualquier individuo sin formación técnica. Creo honestamente que cualquier persona con una cultura media, y a partir de cierto umbral de pensamiento crítico, debe ser capaz de tener una idea razonablemente precisa de la esencia del debate y de sus claves, y por tanto debería ser lo suficientemente equilibrado como para situarse en el lado correcto del debate, que desde luego no es el frente alarmista.
He evitado llenar el artículo de enlaces y referencias porque he querido mantener un formato epistolar limpio y sin distracciones, pero desde luego invito al lector que investigue sobre los conceptos, hechos y terminologías que aparecen en el texto.
Muchas gracias por leer.